martes, 16 de septiembre de 2008

De vuelta

No es que el tiempo pase muy rápido. Es que los días son muy cortos. Excusa de mal pagador, dirán unos. No haberse metido, dirán otros. El caso es que han pasado casi quince días y, como se ha podido ver, la casa por barrer. O lo que es lo mismo, el blog por actualizar. Ya está. Queda dicho. Lo único que resta ahora es no dejar pasar en más ocasiones períodos tan largos como el vivido estas dos últimas semanas. Ahí va el propósito.
Intenciones al margen, a lo largo de estos últimos días he podido comprobar lo difícil que es dar instrucciones concretas y, lo que es todavía más difícil, lo dificultoso que resulta seguirlas cuando uno es el destinatario. ¿Una cuestión sin relación con el eje de este sitio? No. El fenómeno que apunto no es otra cosa que un mal cierre del circuito de comunicación. ¿Cuáles son las causas? ¿Problemas en el lanzamiento del mensaje? ¿Una mala selección de las vías elegidas para hacerlo llegar a nuestro destinatario? ¿Una suma de ambas?
No creo en los efectos sin causa, por lo que estoy convencido de que cuando esto ocurre es porque hay motivo. Y tampoco creo en las casualidades: las cosas no ocurren porque sí. ¿Hemos de presuponer, por tanto, que cuando el proceso de comunicación falla es porque alguien no hace bien su labor? Posiblemente. Unas veces por desidia, otras por un exceso de confianza, las más por conformismo. El caso es que los unos por los otros… el mensaje sin surtir su efecto. Y no estamos hablando de cuestiones baladís. Son numerosos los mensajes, las instrucciones que quedan constantemente en el aire, pendientes, mal resueltas. Son innumerables las repeticiones de acción a que nos vemos sometidos por no cerrar a tiempo y en condiciones el circuito de comunicación. Miles de ocasiones desperdiciadas, miles de horas derrochadas. ¿Introducimos el factor coste? No. Para qué si ya sabemos que eso tiene una traslación directa a la cuenta de resultados (me da lo mismo si se tratad del ámbito profesional que si hablamos del personal).
Fijémonos un poco más. Detengámonos un momento en mirar, pensar, decidir y comunicar lo que queremos que se haga. Todo va a ser mucho más fluido. Y de paso va a costar menos. Pero por otra parte, detengámonos, pensemos y comprendamos qué es exactamente lo que nos quieren decir. Seguramente nos ahorraremos un montón de preguntas, muchas aclaraciones inútiles y, sobre todo, mucha pasta.